“Los hombres que utilizan tecnología sexual son considerados más asquerosos que las mujeres”.
El enunciado podría parecer un tuit exagerado, pero describe con bastante precisión los resultados de una nueva investigación publicada en The Journal of Sex Research. El estudio analiza cómo percibimos a quienes usan sextech —desde vibradores hasta robots sexuales— y muestra que el estigma no se reparte por igual. Cuando imaginamos a un hombre usando estos dispositivos, la reacción de asco es significativamente mayor que cuando pensamos en una mujer.
Las autoras, Madison E. Williams y su equipo, partieron de una pregunta sencilla pero casi inexplorada: ¿consideramos “asquerosa” a la gente que usa tecnología sexual? Y, si es así, ¿importa el género de la persona o el tipo de dispositivo? Para responderlo, plantearon tres hipótesis: que el uso masculino sería juzgado con más asco que el femenino, que el rechazo aumentaría conforme el dispositivo fuera más “humano” y que las mujeres expresarían mayor asco que los hombres en todos los escenarios.
Con una encuesta a 371 personas adultas, el estudio pidió evaluar viñetas donde hombres y mujeres utilizaban distintos tipos de sextech. Los resultados fueron claros: en promedio, los hombres fueron calificados como más asquerosos que las mujeres en los mismos escenarios de uso, confirmando la primera hipótesis. Lejos de la clásica idea de que la sociedad juzga más la sexualidad femenina, aquí aparece una doble moral inversa: en el terreno de la tecnología sexual, el estigma recae con mayor fuerza sobre los varones.
El segundo hallazgo tiene que ver con el propio diseño tecnológico. El nivel de asco varía según el dispositivo: los juguetes sexuales “clásicos” generan el menor rechazo, mientras que los robots sexuales —con rasgos más humanoides— disparan las puntuaciones más altas. Entre ambos extremos se sitúan dispositivos intermedios, como muñecas hiperralistas o interfaces más avanzadas. Cuanto más se parece la máquina a una persona, más se activa la idea de que se está violando una norma sexual y social. Ahí se cruzan tanto el viejo “valle inquietante” de la robótica como la incomodidad cultural ante la posibilidad de sustituir vínculos humanos por vínculos técnicos.
La tercera hipótesis también se confirmó: las mujeres participantes reportaron niveles de asco más altos que los hombres en todos los ítems. Esto sugiere que, aunque el doble estándar penalice más a los varones usuarios de sextech, son ellas quienes, en promedio, expresan mayor rechazo emocional. El asco no es solo una reacción fisiológica; está profundamente socializado. Funciona como policía moral de lo que “debería” excitar o repeler, y condensa discursos sobre peligro, perversión y “normalidad” sexual que se han aprendido durante años de mensajes mediáticos y educativos.
Desde la perspectiva del poder y la comunicación, la investigación expone una tensión llamativa. En el discurso dominante, la sextech femenina suele venderse como empoderamiento, autocuidado o exploración del placer, mientras que el uso masculino se asocia a soledad, rareza o incluso desviación. Esa narrativa no surge sola: se construye en campañas de marketing, memes, titulares y debates públicos donde se celebra el dildo pero se ridiculiza el masturbador masculino o al hombre que recurre a una “novia virtual”. La tecnología es la misma, pero la reputación social no.
El estudio también dialoga con un escenario tecnológico que ya está aquí: chatbots eróticos con IA, “novias” y “novios” virtuales, robots sexuales interactivos, interfaces hápticas conectadas a plataformas online. A medida que estas tecnologías se integran en la vida íntima, el estigma no desaparece: se reconfigura. La idea de que un hombre que usa un robot o una IA romántica es “patético” o “repulsivo” convive con relatos que celebran la experimentación femenina con juguetes inteligentes o aplicaciones de bienestar sexual. En el fondo, lo que se disputa no es solo el uso de dispositivos, sino quién tiene legitimidad para explorar su deseo con ayuda de la tecnología.
Los autores del trabajo sostienen que sus resultados son la primera evidencia empírica de este doble estándar sexual aplicado a la sextech y de que el rechazo crece a medida que el dispositivo se vuelve más humanoide. Ese hallazgo importa porque condiciona la forma en que se diseñan, comercializan y regulan estas tecnologías emergentes. Si parte de la población percibe asco o peligro ante la idea de que determinados grupos —en este caso, los hombres— recurran a IA afectivas o robots sexuales, las políticas públicas y las propias plataformas podrían reforzar, sin querer, sesgos de género ya existentes.
Pensar la sextech desde Región Digital implica asumir que no hablamos solo de gadgets, sino de infraestructura íntima en la que se cruzan datos, algoritmos y normas morales. El reto no es promover un entusiasmo acrítico por cualquier dispositivo, sino abrir una conversación adulta sobre cómo integrar estas tecnologías de forma segura, consensuada y menos estigmatizante. En la medida en que la sexualidad mediada por máquinas se normalice, la verdadera discusión no será si la sextech es “asquerosa” o no, sino quién tiene derecho a usarla sin cargar con la vergüenza social.
Fuente: Madison E. Williams, Gabriella Petruzzello y Lucia F. O’Sullivan, “Gross Double Standard! Men Using Sextech Elicit Stronger Disgust Ratings Than Do Women”, The Journal of Sex Research, publicación anticipada en línea, 2025
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