
Alfonso Sánchez García es el alfil de la gobernadora Lorena Cuellar para sucederle debido a una relación nacida de la élite del poder tlaxcalteca, una dinastía que está haciendo todo lo posible para que no llegue nadie más al cargo, pues sus negocios millonarios, complicidades políticas y mafias sociales dependen de que este grupo se sostenga.
Así es como debe leerse la relación entre Lorena Cuéllar, su alfil Alfonso Sánchez García y su padre, el exgobernador Alfonso Sánchez Anaya: no como una cortesía entre Tlaxcaltecas, sino como el ensayo de una continuidad de poder entre las familias que por casi 30 años se han apoderado del estado.
Todo es un acuerdo de poder entre quienes se consideran dueños de Tlaxcala, porque cuando un gobierno rescata a viejos exgobernadores para colocarlos de nuevo bajo reflector, no hace solo memoria institucional: reorganiza jerarquías, envía mensajes, vuelve a abrir puertas.
La señal más clara fue el nombramiento de Sánchez Anaya como Embajador de Buena Voluntad para los 500 años de la ciudad de Tlaxcala, decidido por la gobernadora en noviembre de 2024 junto con la inclusión de Marco Antonio Mena y Héctor Ortiz, representantes de las familias custodias del poder en el estado.
Así, Alfonso Sánchez García solo es una pieza más de este tablero de poder sempiterno. Su biografía oficial en el ayuntamiento subraya que su vocación política nació de las enseñanzas de su padre, y su paso por la Secretaría de Infraestructura durante el gobierno de Lorena Cuéllar lo colocó en una plataforma estatal de primer nivel antes de alcanzar la alcaldía de la capital.
La secuencia es demasiado limpia para ser casual: padre rehabilitado, hijo promovido, apellido reposicionado. No hace falta un destape para advertir la arquitectura de la sucesión de uno más del clan.
El trasfondo de esa operación lo explica mejor la academia que los boletines. La tesis de la BUAP sobre la alternancia en Tlaxcala describe un sistema donde la misma élite se preserva mediante instituciones, alianzas y negociaciones, incluso cuando cambia de partido.
Bajo esa lógica, el acercamiento de Lorena Cuéllar al grupo Sánchez no sería una anomalía, sino una maniobra de conservación: mantener dentro del círculo a uno de los clanes históricos para que el poder no salga del ecosistema que lo administra desde hace décadas.
Así se fabrica una casta: no solo heredando apellidos, sino reinsertando grupos, administrando relevos y cerrando el paso a cuadros que no pertenecen a la familia ampliada del régimen. Tlaxcala ha perfeccionado esa técnica con una sobriedad casi provinciana: no necesita el estruendo del caciquismo clásico, porque le basta la eficacia del acomodo. Y en ese acomodo, el respaldo al clan Sánchez funciona como una advertencia silenciosa: aquí el poder puede cambiar de siglas, de tono y de campaña, pero sigue cuidando a los suyos.
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